Opinión

¿Dónde está la revolución?

Una banda sonora para revolucionarse:

   El dramaturgo alemán Bertoit Brech dijo en una ocasión que las revoluciones se producen en los callejones sin salida. Y no le quito la razón, ni mucho menos, pero me da por pensar que eso sería en su siglo XX, porque lo que es en este, en cualquier esquina te encuentras a uno gritando << ¡Revolución! >> con la misma soltura que si estuviera pidiendo otra ronda en el bar. ¡Y qué decir ya si te paseas por el atril de cualquier campaña electoral! Eso ya es de << ¡Está to’ pagao! >> y después bomba de humo. Lo que más me carcome el cabezón es que, después de los escarmientos que nos ha dado la historia universal, todavía proliferan más los que se imaginan la palabra revolución atravesando aros de humo de un habano, que los que la hacen de verdad. Me huele que de nuevo la estamos cagando.

   En Madrid, ciudad construida revolución a revolución, este tema se ha vuelto un asunto complejo de aceptar. Se me ha hecho bola, mamá. Tampoco se vayan a confundir, los que me conocen bien y sufren mis sermones nocturnos saben que prefiero hacerme el harakiri con una katana oxidada antes que ver regresar a los de la gaviota dorada. Por lo menos, ahora se tiene la sensación de poder opinar. Pero qué quieren que les diga, tampoco es como para montar una orgía en mitad de la Gran Vía con el Exile on main street de hilo musical. Hay que reconocer que nos han colado el puño…

No levantamos esto ni con una sobredosis de Viagra.

   Hay una leyenda urbana entre los escritores que viene a decir que Madrid es una ciudad maldita para el oficio, ya que siempre tienes algo que hacer antes que escribir. From monday to sunday. ¡Y una leche! (Y mira que Amat me cae bien). Lo de no escribir achaquémoslo a la falta de ideas, a una consecuencia del pluriempleo o, y tal vez sea la más común, a una adicción al porno de nivel 12 de la escala Ritcher. Pero lo de que pasan muchas cosas… No levantamos esto ni con una sobredosis de Viagra.

   Aunque es cierto que los madrileños somos más de celebrar las fiestas patronales de otros territorios que las propias, siempre hemos sentido un cariño especial por el mes de mayo. Antes celebrábamos las fiestas del 2D con cierto decoro – “Plaza del 2 de Mayo” para los foráneos -. Llegada cierta hora, alguien se lanzaba al centro de la plaza y saltaba la valla que rodea la estatua. Escalaba por el lomo de Velarde como la versión cutre de un castellers, y colocaba sobre su mano una litrona. Acto seguido, el más avispado del lugar daba la señal de alarma y todos corríamos en manada por las calles adyacentes, con las pelotas de goma y los botes de humo comiéndonos el culo. Si tenías suerte, veías a un punk subido a una farola gritando a los cuatro vientos << ¡¡ La calle es nuestra…!! >>. Todo un despropósito frente a las verbenas de nuestros abuelos, pero por lo menos tenía algo de ritual. Este año sin embargo, se nos llenó el pecho con el retorno de las fiestas después de 8 años de censura, y para celebrarlo hicimos… Eso, parlotear con la lata en la mano. Las fiestas de San Isidro han sido otra de orinar y no echar gota. Mientras el año anterior entonábamos el Flojos de pantalón en Las Vistillas, este ha sido de caérsele las bragas a más de una quinceañera con el elenco de los 40 Principales. Y que decir de la mascota, la Hello Kitty de Usera.

Los retrovisores no están para que nos admiremos el trasero, están para no repetir los errores del pasado.

   Durante una conversación, el escritor Antonio Gómez Rufo me preguntó retóricamente en un acto de reivindicación nostálgica por los 80’, << ¡¿dónde coño se mete Sabina?! >>. Pues bien, tampoco el rey de los canallas va durar toda la vida, y mira que cuando llegue ese día lloraré a moco tendido. Ni Almodóvar y su Movida, ni el Motín del Mosca, ni los rockeros del extrarradio… Los retrovisores no están para que nos admiremos el trasero, están para no repetir los errores del pasado. Si vivimos en un proceso de cambio, ¿dónde está la explosión cultural? ¿Dónde está el impulso a los artistas emergentes? ¿Dónde están las tropas de músicos callejeros? ¿Y la ayuda para las salas de concierto? ¿Dónde están las apuestas de los grandes medios en sus parrillas? ¿Dónde está la diversidad del arte? ¿Dónde está el retorno del viejo profesor? ¿Dónde están los intelectuales? ¿Dónde está la revolución? No se vayan a creer que después de esta verborrea aquí uno es el faro de Alejandría, porque tampoco tengo ni la más remota idea. Lo que si se es que no se esconde en el tupé de ningún concursante de reality, ni en las fiestas exclusivas para aquellos que llevan una herradura marcada con fuego en el culo, ni en un mensaje de SnapChat… ¡Ni tan si quiera en el bendito Tinder!

   Cuando Brech utilizó la metáfora de los callejones sin salida tenía más razón que un santo. Las únicas revoluciones que son efectivas y noquean al sistema son aquellas que surgen de la lucha interna del hombre incomprendido por el mundo que le ha tocado vivir. Chuck Berry hizo bailara a los jóvenes de todas las razas en la misma pista a pulso de riffs, cuando a él no le dejaban ni mear en el baño. Donald Trumbo desacreditó al Comité de Actividades Antiamericanas con una Olivetti mientras se daba un baño. La lucha del recién desaparecido Mohamed Alí no fue religiosa ni económica. Su vida fue un combate continuo contra lo establecido de puertas para dentro en oficinas blancas, y que consiguió culminar en Kinsasa cuando dio la vuelta a la tortilla de las apuestas, dejó K.O. a Foreman, y por fin pudo decirle al mundo << Yo soy tu único rey >>.

   Brian Clough consiguió que el Nottingham Forest volara de la Championship a campeones de Europa defendiendo su criterio frenta al Presidente, Junta Directiva, contrincantes… Hollywood no respetó a Marlon Brando hasta que este no les mandó a la mierda. El folk no hubiera transcendido si Bob Dylan no hubiese sacado su guitarra eléctrica en el Newport Festival del 69’. Y así una larga ristra de nombres memorables que muchos prefieren tener impresa en papel higiénico.

   En los años de universidad, por lo menos teníamos el refugio de las litronas y el canuto para diluir la frustración por la revolución fallida. Ahora, las únicas revoluciones que quedan son de boquilla, y desarrollan el mismo síndrome con tendencia a la huida que padecen la ex Ministra Ana Mato o las chicas que abandonan a Quique González. Se esfuman dejando un rastro de confeti.

Fotografía de A.S. Turner sobre las revueltas en Detroit. 

Leave a reply