El amigo de mi hermana o mi resurrección del sábado noche

Qué bien sienta cuando te enteras de que a alguien le interesa lo que haces, casi tanto como terminar una fangosa semana con una dosis de sexo inesperada. Bueno, quizás este sobrevalorando lo primero. Pero recibir un mail con una propuesta siempre mitiga las frustraciones que acosan el llevar un proyecto emergente como es Abierto Toda la Noche. Tampoco lo voy a negar, en esa festiva sensación también está implícito el ahorro de esfuerzo que supone buscar y pensar en el formato y contenido. Sea lo que sea, te alegra. Así que cuando Álvaro Doñate (@alvarodonate) nos envío un mail para cubrir la obra de teatro El amigo de mi hermana el “si” fue inmediato.

Por no romper este halo de sinceridad, he de reconocer que el día de la invitación me había levantado con un nivel de apatía exponencial. A las mierdas que le orbitan a cualquiera a lo largo de la semana, en mi caso se mezclaban con la de la noche del viernes anterior. En resumen, un mal cocktail para desayunar. Navegar entre webs y blogs sólo servía para perder el tiempo en melindrosas críticas escritas bajo el común subdominio “madrid”. Qué daño ha hecho el SEO a la profesión. No quedaba otra que asumir el fracaso de la búsqueda del chute informativo que me hiciera despegar del sofá.

El rostro de Álvaro en el cartel me resultaba familiar. Coincidimos en una entrevista que realicé para otra obra de teatro llamada “Amor, ¿y si lo hacemos antes de morir?”, en la que él interpretaba el típico amigo-recurso que cae gracioso a causa de su inocencia. En esta ocasión es el protagonista, un chico que no consigue recuperarse de la muerte de su hermano y, cansado de sentirse como un cero a la izquierda, decide aislarse para reflexionar en la pequeña casa de verano de su mejor amiga. Consciente de que el estado caldoso de mi cerebro podía rechazar tanta profundidad, no sonaba mal lo de reconfortarme viendo sufrir a otro.

Lo bueno de las salas de Nave 73 (@nave_73) es que todo huele a superación, a esfuerzo y no al hedor de polvo y naftalina que desprenden otros. Allí la gente no espera a que estalle el obús, si es que no lo ha hecho ya. Lo malo, que los asientos son máquinas de producir tablas de planchar, aunque siempre queda la sorpresa del cojín. Mi trasero se lo agradece al que tuvo la idea. Arranca el espectáculo, y un foco ilumina a un chico con rastas (que no es lo mismo que un rastafari) encargado de tocar en directo la banda sonora. Otro foco ilumina a uno de los actores que habla al público. “Qué no me saquen a mi” ruego en susurros. Pero no es de ese tipo de obras. Pasado el mal trago, te sumerges en un baile de emociones en el que los giros están bien ordenados, lo suficiente como para evocar un efecto Red Bull con el que recobrar mi ánimo, interpretado con la misma naturalidad con la que cuentas las imaginarias hazañas a golpe de botellines. Eso si, a mi trasero le sobraron algunos minutos de climax final.

Al terminar la obra, entre el murmullo del público un grupo de chicas afirmaban “… es igual que la película…”. ¿Hay película? Esto me hace reflexionar que debo mejorar mi proceso de documentación; en lo bonito que es descubrir a Goliat a través de David; y que no hacen falta tres días para resucitar.

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