Gentefobia

“¿A dónde puede ir bajo la lluvia este caracol?” se preguntaba un amante de los moluscos llamado Kobayashi Issa, en una noche que debió ser parecida a esta. No sabría contestar con exactitud a este pobre japonés, pero lo que tendría claro, es que el afortunado bicho tendría millones de posibilidades para poder disfrutar de su húmedo paseo, disfrutando con su pausa y soledad, de las vistas que ofrece este paisaje lleno de farolas, baldosas y donde reina el silencio. Además de eso, a quién no le gustaría tener el placer de poder ser hermafrodita en estas circunstancias. Definitivamente, el maldito caracol no necesita nada pero, lo más importante, es que no necesita a nadie.

Me gustaría levantarme mañana y ser uno de ellos, ya que la vida a estas alturas de la película no me ha convertido, extrañamente, en un psicópata o un sociópata, porque a mi lo que verdaderamente me da asco es “la gente”, pero no eso que de manera simple se conoce como gente, me refiero a ese ser omnipresente que lo controla todo, ese ente que de manera aleatoria reúne a individuos y les obliga a ceder sus convicciones personales para ponerlas al servicio de la decisión colectiva, esa religión llamada gente en la que hoy eres dios y mañana el más insignificante objeto, ese capataz que obliga a las personas a prostituirse mentalmente para rendir pleitesía al Dictador Gente.

Y desde luego que esto no es una rabieta en contra de una creencia. Esta descripción es debida, a que a una noche más salgo del laboratorio (algunos lo llaman “discotecas” o “bares” o “garitos” o “habitáculos donde me hago el feliz”) con más evidencias de que la gente es el mayor organismo infame que existe en este armónico planeta. En el laboratorio, hay que estar cerca de la caseta de la cruz roja por seguridad (aunque también llamado barra) te permite no ser parte de este experimento, en el que podrás ser insultado, pegado, follado, piropeado, un grandísimo amigo efímero o un auténtico desconocido para miles de individuos; todo ello reglamentado bajo La Biblia de la gente, que por la noche es ejercida por sus fieles de manera ruidosa y sutil, y por el día, de manera despiadada y silenciosa.

Y es que la gente es la mayor droga existente, ya que casi todas las sustancias adictivas fueron creadas por individuos que buscaban una mayor aceptación en esta gente que buscaban poder agrandar su ego. No voy a negar, que drogarse es lo más “gentil” que puede hacer uno para que te acepten, ya que si quieres ser de la gente, deberás entregar tu talento y tus ambiciones como individuo, y ellos te corresponderán con mentiras colectivas y estúpidas necesidades, que con el tiempo se convertirán en tus únicas preocupaciones.

Cada vez es más difícil seguir siendo un individuo independiente que comparte su vida con otros individuos sin seguir una estúpida reglamentación colectiva no escrita, por ello y aunque suene cobarde yo mañana me levantaré caracol. Que suene la música:

 

Imagen: Roberto Castaño

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