La dictadura de la mediocracia

Sólo una persona mediocre está siempre en su mejor momento” afirmaba William Somerset Maugham. Tengo dudas si este tío estaba viviendo su mejor momento, lo que sí sé es que está muerto y, espero que antes de morir, el querido William alcanzará ese ratico  que marcará el culmen de su vida. Yo, a día y a hora de hoy, no considero que haya alcanzado nunca mi mejor momento, por eso y, según la frase de William,  declaro con total acidez estomacal mi admiración por las personas mediocres; gente que consigue día tras día, algo que a mí me ha sido imposible lograr. Ahora que asumo mi idolatría por este tipo de seres, tendré que seleccionar quiénes son, para utilizar su modus operandi como un verdadero ejemplo.

Por mucho que les admire, a los seres mediocres siempre se les ha confundido con gente mala, algo que es completamente falso, ya que las personas malas actúan dentro de unas equivocaciones, errores, fracasos, sistemas de actuación dañinos, en resumen, actúan de forma autónoma. Los mediocres son mucho más inteligentes que eso, abandonan las facultades que les ha otorgado el creador de pensar, decidir y obrar, para olfatear la oportunidad que generan las personas que actúan y, subirse al carro de sus virtudes y bajarse del carro de sus defectos. Eso, sin ninguna duda es admirable, ya que de este modo, un mediocre siempre triunfa.

Me encantaría poder rodearme de ellos, tenerlos de amigos, liderar una empresa de trabajadores mediocres o, que cojones, montarme un país de mediocres. Un país con bandera, que no sea blanca ni negra, una bandera gris para que se sintieran identificados. Dónde el malo sea yo y los buenos seamos todos. Donde ellos ponen su fidelidad y constancia y, yo mi estupidez de tomar decisiones. Un lugar, donde mis súbditos mediocres puedan pasar su existencia y sobrevivir a la dura vida, mientras yo me llevo el beneficio de sentirme la persona más importante, talentosa y, por qué no, si puedo robarles, extorsionarles e incluso violarles, pero siempre informados de su gran importancia en la labor de este honorable país. Ese idílico sitio, donde la meritocracia quedará suplantada por la dictadura de la mediocracia. Me da igual si les pidiera plantar patatas y me trajeran aguacates, lo importante es su fidelidad y rechazo hacia todo lo que no sea yo, yo les pondría un cinco en el examen de patatas, como profesor/dictador, y ellos me brindarían su sonrisa ante los innecesarios aguacates.

Con esta banal descripción de la mediocridad, parece que una persona mediocre es algo parecido a un esclavo, mentira. Un mediocre es un superviviente, mejor dicho, el mayor de los supervivientes en el mundo social que, adapta sus escasas facultades, para lograr su beneficio.

Todo ello ejecutado de una manera silenciosa, porque un mediocre se sitúa a lado de aquellos que actúan sin, aparentemente ningún tipo de ambición y competitividad, para hacer sentir seguros e importantes a aquellos que sienten que los lideran. Pero, que equivocados están si piensan que hay algún poder capaz de imponerse a la mediocracia. Lo que tengo claro es que, antes de que se me haga de noche, quiero vivir mi mejor momento y creo que el camino más rápido para conseguirlo es rodearme de mis admirados mediocres.

Ya que me he dado cuenta que, por todo lo que he hecho mal y todo lo que hecho bien, al fin de al cabo he actuado y no volveré a cometer semejante estupidez, quiero estar en mi mejor momento, así que: ¡Venid a mí, hijos míos, venid a mí!

Escucha la playlist completa de ‘Al fondo de la barra’.

Fotografía de Burt Glinn.

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