El Intérprete

Niño raro | El Intérprete

Cuando Asier Etxeandia era pequeño cantaba contra la pared en un rincón de su cuarto. Actuaba para un público compuesto por amigos imaginarios que cada noche convertían su dormitorio en un gran teatro abarrotado, y con el tiempo fue forjando su identidad como actor, como cantante, como intérprete. Cuando era pequeño, Asier era un niño raro. Sus profesores intentaban meterlo en cintura y sus compañeros la tomaban con él porque era diferente, y si algo hay absolutamente imperdonable en una sociedad cuadriculada es salirse de la norma. Por suerte -para él, para nosotros-, aquel niño raro tenía otros maestros. Una niña huérfana le susurraba que aguantara un día más, pues el sol brillará mañana, y un suicida del rock and roll le tendía la mano al tiempo que le recordaba que no estaba solo. Aprendió a caminar por el lado salvaje de la vida y que Libertad es una palabra que significa no tener nada que perder. Daba igual que en matemáticas e historia fuera  deficiente, o que la religión le resultara muy, muy, muy deprimente. Asier, el niño raro, decidió que si él no encajaba en el mundo, lo tomaría por asalto, y que si Dios realmente existe, le debe gustar el placer tanto como a él. Así nació el actor, el cantante… EL INTÉRPRETE.

El 22 de abril Asier Etxeandia volvía al escenario del Teatro Calderón con su aclamada obra El intérprete en la que repasa entre canciones su infancia en Bilbao y su despertar como verdadero monstruo del espectáculo. En ella recuerda a su madre al son de Chavela Vargas (<<si ya no vuelves nunca, provincianita mía, a mi selva querida, que está triste y está fría, al menos tu recuerdo ponga luz sobre mi bruma, pues desde que te fuiste yo no he tenido luz de luna>>), y le dedica a su padre una emotiva versión del I’ll never fall in love again de Tom Jones.

Pero lo que más destacan son los momentos en los que Etxeandia se yergue como un rey loco, como un Satanás sin simpatía ni compasión, un Dionisio dispuesto a levantar al público de sus butacas y poner sus pezones como escarpias. Durante dos horas consigue elevar los sentidos y traspasar las fronteras del bien y del mal. Sencillamente porque bien y mal son términos inventados para hacernos pequeños, y Asier quiere hacernos sentir inmensos y pletóricos de puro éxtasis. Creedme, he visto a señoras con collares de perlas que para el final del espectáculo prácticamente se habían quitado el sujetador, y he visto a niños que no conocían las canciones ni captaban las referencias pero igualmente eran capaces de comprender el mensaje: atrévete a ser raro, que la vergüenza no sea un freno sino una inspiración, mírate al espejo y proclama alegremente, diabólicamente, que eres maravilloso.

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No hay nada de convencional en un espectáculo que se atreve con medleys de Volver y Psycho killer, de la Pantoja y Madonna. No hay nada convencional en Asier Etxeandia, un hombre que ondea con orgullo la bandera de los inadaptados. ¡Y qué voz! ¡Y qué porte! Uno sale del teatro enamorado: de él, de uno mismo, de la vida.

Hasta el 15 de mayo tenéis la oportunidad de ver El intérprete en el Teatro Calderón, así que poneos guapos, aparcad los prejuicios en casa y dejaos arrastrar por la llamada de lo salvaje. El tequila lo pone él.

Fotografía de Fran Calvo.

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